viernes, 28 de abril de 2017

Reseña: Cuentos de amor, de locura y de muerte de Horacio Quiroga

9789876277372 Cuentos de amor, de locura y de muerte
Horacio Quiroga
Editorial: Ediciones B
Páginas: 240


Sinopsis

Implacables, los Cuentos de amor de locura y de muerte (por pedido expreso del autor se suprimió la coma del título), seducen con historias inquietantes, diálogos tensos y ese universo violento y salvaje que es el sello de Horacio Quiroga.

La tragedia, siempre latente, se destila con parsimonia, como un veneno, esperando el momento para desencadenarse. Amores truncos, traiciones, enfermedades, adicciones se entretejen y atrapan a los personajes, que quedan prisioneros tanto en espacios cerrados como abiertos. Porque más allá del escenario (la cama matrimonial, la tumba o la selva misionera), lo que queda claro es que no hay escapatoria.

En estos cuentos, publicados en 1917, se filtra la vida del autor, signada por una serie de desgracias a las que puso fin con su suicidio. El universo tan personal de Quiroga estremece

al lector con sus leyes despiadadas, una belleza innegable y su bestiario propio.


Hola, mis ratoncitos de biblioteca. ¿Qué anda leyendo en estos días? ¿Tienen pensado algún libro para este fin de semana largo? Yo todavía no sé cuál empezar. Aunque no voy a tener mucho tiempo porque tengo que terminar de aprontar mis cosas para el viaje y tampoco lo podré hacer en Bs As, porque voy a estar todo el tiempo con mis amigos de bookstagram. 

Ahora les traigo la reseña de Cuentos de amor, de locura y de muerte de Horacio Quiroga. Sé que no acostumbro hablar de estos libros y autores, pero tengo un cariño especial por este, porque hace un par de año en una clase del taller de literatura tuve que reescribir una de las historias y convertirla en género fantástico. 


OPINIÓN PERSONAL


Resultado de imagen para cuentos de amor de locura y de muerte el almohadon de plumasCuentos de locura y de muerte, es un libro lleno de recopilaciones de los mejores cuetos de Horacio Quiroga, un hombre cuya vida fue bastante complicada. El suicidio de su primera esposa, el abandono de la segunda, la trágica muerte de su amigo (causada por él), y su enfermedad, lo llevaron a escribir: Una estación de amor el solitario, la muerte de Isolda, la gallina degollada, los buques suicidantes, el almohadón de plumas, a la deriva, la insolación, el alambre de púa,  los mensú, el agaí, los pesadores de vegas, la miel silvestre, nuestro primer cigarro y la meningitis y su sombra.

Cada una de las historias hablan de amor, locura y muerta; están llenas de intriga y tensión, esto capta toda nuestra atención a lo largo del libros. La mayoría de los relatos son realistas, que desembocan en finales imprevistos, pero otros son fantásticos. Me gustó mucho que se presentan en situación cotidianas. 

Resultado de imagen para cuentos de amor de locura y de muerte el almohadon de plumasLes voy a hablar un poquito de Almohadón de Plumas, mi relato favorito. Su género es lírico y de suspenso. Nos cuenta la historia de Jondán, un hombre que le regala a su esposa un almohadón de plumas que ha pasado por todas las mujer de la familia. Poco tiempo después Alicia, la esposa, comienza a sentirse muy débil. Su salud empeora tanto que ella llega al punto de no poder salir más de su cama. Al morir, se dan cuenta que el bendito almohadón fue el culpable de su enfermedad. Este cuento guarda un gran secreto y es el lector el que debe descubrir cuál es. Quiroga muestra una relación entre dos personas que se querían, aunque Jordan no lo hacía de la misma forma que ella, porque no tenía ni un gesto tierno para con Alicia. La falta de sensibilidad y comunicación pueden traer graves consecuencias.

A continuación les voy a mostrar mi versión del relato que tuve que hacer para el taller de literatura.


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EL ALMOHADÓN DE PLUMAS

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
        En su extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
        No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
        Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
        —No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
        Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constátese una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable.
        Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar.
        —¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de hacia el sillón.
        Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia largo un llanto.
   ¿Qué paso?
        —Ella…
        —Tranquila, cariño —Acarició el rostro de su esposa—. Pronto estarás mejor.
        —Pero… ella…
        —Shhh.
        Alicia lo miró con extravío, miró el sillón, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media hora, temblando.
        Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo una figura espeluznante apoyada sobre el sillón, y  tenía fijos en ella los ojos.
        Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor, mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
        —Ya no hay mucho por hacer—se encogió de hombros desalentado su médico.
        —¡Imposible! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
        Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban dificultosamente por la colcha.
        Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán.
        Alicia murió, por fin.
        —¡Señor! —llamó la sirvienta a Jordán.
        Él se dio media vuelta para enfrentarse a la mujer y dijo: —Lissa.
        Ella lo rodeó con sus brazos, haciendo que él se fundiera en ella. Susurró:
        —Ya ha muerto.
        —Sí—Jordán sonrió—. Y todo gracias a ti.
        Ella con una leve sonrisa asintió.
        —Gracias —Jordán dijo.
        —No hay nada que agradecer —susurró suavemente—. Ha sido realmente un placer beber la sangre de Alicia.
        —¿Deliciosa? —Ella asintió— Ahora creo que ha llegado el momento que me des lo que prometiste, ¿no te parece? Quiero mi inmortalidad.  
        Lissa se quedó observándolo en silencio por un largo momento, analizando si era una buena idea cumplir con su palabra. Ella sabía perfectamente que si lo hacía, Jordán se volvería una gran amenaza para la población. Pero ya era muy tarde, no podía salir por la puerta y dejarlo allí con el cadáver de su esposa. Además, lo amaba demasiado para hacerlo tal cosa como negarle su más grande sueño.
        Ella le dedicó una calidad sonrisa.
        —Sí, mi amado. ¿Estás listo?
        Lissa lamió sus labios y miró directamente a los ojos de su amado. Jordán asintió con alegría. Ella se acercó lentamente, balanceando sus caderas en una forma hipnótica, y cuando estuvo lo suficienmente cerca besó el cuello del desesperado hombre. Y en un suspiro, clavó sus largos y filosos colmillos en él.
        Por fin, ellos iban a tener la oportunidad de estar juntos por toda la eternidad.


Si lo leen, ya saben, cuénteme su opinión en los comentarios.

        

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